Archivo para agosto, 2010

Otra para el quinteto

Posted in Prosas Profanas on 17/08/2010 by unaventanaediciones

15/08/2010  por Diego Colomba para  La Capital de Rosario http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2010/8/edicion_94/contenidos/noticia_5045.html

El brindis de la foto de contratapa, con caras sonrientes alrededor de una misma mesa, basta para dar una imagen poco frecuente de quienes suelen integrar hoy una antología literaria. El Quinteto de la Muerte, nombre del colectivo, también sugiere esa camaradería desacartonada en un medio que, a pesar de todo el agua que corrió bajo el puente, suele ponerse bastante solemne.

   Cuatro narradores (Federico Levín, Ignacio Molina, Lucas Oliveira y Ricardo Romero) y un músico (Facundo Gorostiza) se definen como un grupo de amigos que, radicados en Buenos Aires, se reúnen para realizar lecturas en vivo de sus textos en bares o salas culturales, acompañados por la música de Gorostiza y de otros recursos que aporta la perfomance, según la ocasión: objetos del ambiente, interpretación, olores, participación de los concurrentes. De acuerdo con los autores, “los agregados escénicos son posibilidades de acercar el texto al público, en parte, pero también de entender mejor y ampliar el horizonte expresivo de las ficciones que cada uno está escribiendo”.

   En ese sentido, la apelación a lo festivo radica menos en el espesor emotivo o la dimensión temática de las historias narradas que en “la puesta en público de un trabajo solitario, una forma intensa y vital de acompañar el desarrollo” de los textos. La fiesta de la narrativa incluye una presentación del grupo (“Lo que somos”), las fechas de las lecturas realizadas desde el año 2006, datos de los autores, algunas partituras de Gorostiza y las ficciones seleccionadas por cada uno de los autores. Como en una verdadera fiesta, las narraciones, heterogéneas en estilos y enfoques, ganan en intensidad a medida que progresa el libro.

Los invitados

   ”Valle hermoso”, de Lucas Oliveira (1978), es quizá el texto más funcional a la dimensión espectacular de los encuentros. Su protagonista, un escritor antiperonista, narra unas vacaciones con su novia Lunita en las sierras cordobesas. En una parrilla, escuchan una historia para turistas (“la traición a Elsa”) que promete abrigar un secreto fascinante al que el relato intenta aproximarse, aunque termine diluyéndose por el estilo hiperbólico del narrador, que insiste en definir su singularidad vital —pretendidamente escandalosa: “O simplemente porque no estás tan loco como yo”— pero cae con frecuencia en los lugares comunes de un costumbrismo sin sorpresas, que se agota rápidamente en el efectismo y la comicidad de una voz coloquial.

   ”Lo desconocido es la parte de alguna mosca”, de Federico Levín (Rosario, 1982), apuesta, desde su mismo título, a jugar con el absurdo y las sorpresas de la percepción. La juventud —como núcleo temático que está presente, en menor o mayor medida, y con distintos significados, en todas las narraciones del libro— gravita a través la óptica de alguien que tiene como proyecto escribir y reconoce su deuda con un maestro de su misma familia, el abuelo: los capítulos que traman la historia pueden leerse como los relatos que estimula su presencia rectora.

   El narrador muestra que lo familiar y cercano puede descomponerse con el poder del lenguaje, con el que se ejerce “el derecho a la perspectiva”. Arma escenas que se desentienden de los elementos considerados accesorios, o que responden a un verosímil realista: “Hay un momento en que todos mastican. Cuando se cruzan miradas, dos comensales se mastican./ Así comienza esto: dos comensales masticándose. Mi abuelo y Milagros”. Con el fraseo propio de la poesía, el narrador reflexiona sobre la problemática relación entre las palabras y las cosas, familiares como las moscas y los brazos o más inusuales como los pasillos humanos, las narinas a puntos de montar vuelo o las cartas no enviadas. Lejos de sucumbir por la ineficacia de ciertas repeticiones, la narración se vuelve una interesante indagación sobre la escritura.

   ”Fausto”, de Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), narra la paternidad del protagonista, desde los días previos al nacimiento de su hijo primogénito hasta sus años iniciales. El texto está tan bien logrado que sus frases, que parecen fluir naturalmente y sin esfuerzo, logran que el lector acepte sin titubeos el recorte temporal que propone el relato y la inusitada distancia que media entre el narrador y los hechos.

   La idiosincrasia del barrio, la vida rutinaria de un empleado gris y mal pago, exudan sus atisbos horrorosos que conviven con los motivos que hacen que una vida merezca ser vivida. Presentada como “una crónica”, la historia despliega un juego permanente con imágenes visuales, a través de pantallas televisivas, vidrieras, o el asfalto mojado: una suerte de simbología de los efectos especulares involucrados en la relación padre-hijo. No sólo se utilizan las palabras con fina precisión, sino que se saben callar algunos de los hechos más gravitantes de la historia.

Final feliz

   ”El cartógrafo”, de Ricardo Romero (Paraná, 1976), cierra la serie de un modo excelente. Dialogando —sin explicitarlo— con un cuento memorable de Elvio Gandolfo, narra la relación entre un solitario controlador de torres de medición, en una “Ruta” desértica del sur del país, y el fantasma obsesionante de una mujer. Las infinitas figuras con las que se recrea el viento hacen una puesta fabulosa de la intemperie existencial de los habitantes de una pequeña comunidad. Diálogos sugerentes y creíbles, personajes tan atípicos como convincentes y sutiles referencias a obras clásicas como la Odisea, lo vuelven un relato imperdible.

   Sin miedo a mezclar lo diverso o incluso divergente, el libro hace gala a su título. La literatura resulta entonces un espacio que parece no protegerse contra visitas inesperadas, mediante el reclamo de pases especiales o la reserva del derecho de admisión.

 

Foto: Magalí Flaks

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